Jagalit
Ginebra, 8 junio 2025
En el Perú, todo parece girar entre dos polos que se gritan, se acusan y se repelen: izquierda y derecha. Pero basta mirar con más atención para descubrir que no son opuestos reales, sino dos caras de una misma moneda corroída, pasadas de mano en mano en una partida de poder que nunca cambia de dueño.
Desde la fundación de la República, el país ha sido gobernado desde arriba, no desde el pueblo. Lo que llamamos "derecha" mantuvo al Perú atado a una lógica del virreinato disfrazada de modernidad: el gamonalismo se convirtió en empresa, la hacienda en corporación, y el peón en informal. Sus rostros, sus apellidos, siguen siendo los mismos. Solo cambiaron de traje.
En esa larga historia, el racismo estructural ha sido una de sus herramientas más poderosas. No es casual que incluso en la literatura, como en las novelas de Alfredo Bryce Echenique, se normalicen frases que reflejan ese desprecio cotidiano: "hoy te veo más indio que ayer". Frases dichas sin pudor, como si fueran parte del paisaje.
Mientras tanto, la izquierda peruana tejió una resistencia silenciosa y persistente, que con el tiempo se convirtió en discurso militante, en organización de base, en grito radical, sobre todo en el sur del país. Pero también ahí el poder hizo su trabajo: cooptó, institucionalizó y decoró con ONGs lo que alguna vez fue rebeldía. Y así nacieron los caviares, especialistas en disfrazar la injusticia con lenguaje inclusivo, y en administrar la miseria con consultorías bien pagadas.
La élite económica, esa que controla energía, alimentos, telecomunicaciones y minerales, nunca fue desplazada. Supo sobrevivir a todos los gobiernos, abrazar todas las banderas y financiar todos los bandos. Son los mismos de siempre: los señores de la tierra ayer, los dueños del subsuelo hoy. No han soltado el timón. Solo cambian de capataz.
Y sin embargo, en medio de ese simulacro de confrontación entre polos falsos, han nacido resistencias reales. Una desde la izquierda, con Velasco Alvarado, que rompió —aunque con errores— una estructura feudal disfrazada de república. Otra, desde la derecha popular, con Alberto Fujimori, quien enfrentó al terrorismo, impuso orden y plantó una economía de mercado con rostro social. Fueron experiencias distintas, pero con un mismo impulso: romper con la casta dominante.
Hoy, desde otras latitudes, ese mismo impulso reaparece. En Argentina con Milei, en El Salvador con Bukele. Cada uno con su estilo, pero todos con una consigna: basta de privilegios, basta de castas, basta de farsas. ¿Y el Perú? El Perú observa, murmura, desconfía. Tal vez porque sabe que aquí las traiciones no vienen solo de Palacio, sino también de las plazas, de las ONGs, de los micrófonos, de los libros premiados y de las manos extendidas con guantes blancos.
Una de las grandes trampas impuestas por la narrativa progresista es la idea de que quien se rebela, quien lucha por la justicia social, quien ama la música andina o habla quechua… tiene que ser de izquierda. Y si no lo es, automáticamente se le etiqueta como parte de la derecha, o peor aún, como traidor a su propio origen.
Este chantaje simbólico ha silenciado a miles. Peruanos que aman sus raíces, que defienden su cultura, que exigen dignidad para los suyos, pero que no se sienten representados por los discursos ideológicos ni por las élites de la izquierda caviar. ¿Qué hacen? Se callan. No se muestran. Ocultan quiénes son, por miedo a ser etiquetados.
Eso debe terminar. La identidad cultural no tiene dueño. Defender el quechua, la música andina o la justicia social no es propiedad de ningún grupo político. Es parte del alma del Perú. No debemos permitir que la izquierda se apropie de los símbolos del pueblo como si fueran banderas exclusivas.
Es hora de mostrarnos sin miedo: peruanos, dignos, libres y sin etiquetas.
Decir que necesitamos un Estado eficiente es apenas un eslogan si no reconocemos que ese Estado está capturado. No solo por caviares con credenciales internacionales, sino también por una oligarquía reciclada que nunca dejó de mandar.
Porque en el Perú no gobierna el pueblo, gobiernan los que saben moverse entre los códigos del poder: los que controlan el discurso, los que fingen oponerse, los que pactan en privado lo que combaten en público.
Nuestros oligarcas no desaparecieron. Se sentaron a esperar. Del gamonalismo a las licitaciones mineras, del ingenio azucarero a los monopolios de alimentos, del látigo al lobby. Cambiaron de apellido solo si era necesario para firmar con más comodidad.
Controlan lo visible y lo invisible: energía, alimentos, medios, telecomunicaciones… pero sobre todo, los minerales. Han sido, desde siempre, los dueños del subsuelo del Perú.
Uno de los instrumentos más eficaces del poder caviar no está en el Estado, ni en las ONGs, ni siquiera en el dinero: está en la maquinaria mediática que manejan con maestría. A través de canales de televisión, portales de noticias, radios, influencers y "periodistas de investigación", han construido un aparato que no informa: instruye emocionalmente a la población sobre a quién amar, a quién odiar y qué pensar.
Basta que una figura no responda a sus intereses para convertirse en objetivo de una campaña de demolición personal y política. Inventan, exageran, deforman, repiten. Lo han hecho con políticos, empresarios, artistas e incluso ciudadanos comunes. Su táctica es simple: deslegitimar a quien no se somete.
Hoy, su objetivo es claro: deshacerse del gobierno actual, forzar elecciones anticipadas y colocar a un operador caviar en el poder. Y lo hacen disfrazando su agenda con discursos de indignación moral, supuesta defensa de la democracia o derechos humanos, mientras manipulan emocionalmente a millones a través del miedo, la rabia o el desprecio.
Romper esa manipulación es urgente. Hay que recuperar la capacidad de pensar sin permiso, de disentir sin miedo, y de ver más allá del ruido mediático. Porque si no rompemos esa máquina de fabricar mentiras disfrazadas de verdad, el Perú nunca saldrá del círculo vicioso que lo mantiene dividido, manipulado y sometido.
No se trata de ahuyentar al capital —aunque buena parte de ese capital esté manchado de historia—. Se trata de ponerle límites, de exigirle lealtad al país que lo sostiene, y no a los paraísos fiscales donde se esconde.
En países como Francia o Rusia, los oligarcas fueron eliminados o neutralizados para recuperar el control del Estado. En el Perú, no buscamos eso, pero sí un nuevo pacto nacional: si quieren tener un rol, que se sometan a las reglas del país soberano. Que dejen de vivir como intocables. Que dejen de saquear.
Esa polaridad entre izquierda y derecha en el Perú no es real. Es una farsa útil, un teatro montado para que el pueblo crea que elige, cuando en realidad siempre termina escogiendo entre dos verdugos. La verdadera lucha no es entre bandos ideológicos, sino entre el pueblo y los que viven del pueblo. Entre el Perú que trabaja y el Perú que se reparte el botín.
Porque al final, tanto la derecha tradicional como la izquierda oportunista han sido funcionales al mismo sistema: el que mantiene a las mayorías en pobreza e ignorancia para seguir gobernando sin oposición. Mientras los oligarcas se reciclan, se reparten el país y se blindan con medios, leyes y universidades, el pueblo asiste a la misma obra con distintos actores.
La nueva resistencia no debe copiar, debe crear. No es Milei, no es Bukele, no es Velasco ni Fujimori. Es el eco de todos ellos en una tierra que ya no quiere obedecer a nadie, sino levantarse por fin con su propio nombre, su propia voz y su propia dignidad.
El Perú no necesita una etiqueta.
Necesita recuperar la soberanía.
Necesita despertar.
Necesita romper la farsa.